La pintura que se anticipó al cine

El Tren según Turner

Por Mairi Larroque | Septiembre, 2025


En 1844, medio siglo antes de que los hermanos Lumière proyectaran una locomotora en la pantalla, impactando a los presentes, el pintor británico J.M.W. Turner ya había causado sensación con una obra donde representaba a un tren avanzando directamente hacia el espectador, emergiendo de la bruma con una fuerza casi cinematográfica: Rain, Steam and Speed – The Great Western Railway.



La pintura de Joseph Mallord William Turner, Rain, Steam and Speed – The Great Western Railway (Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste), se expuso por primera vez en la Royal Academy en 1844. Es una de las obras más importantes del artista y una de las representaciones más sugerentes del impacto del ferrocarril en la sociedad moderna.

Pintura de Turner que representa a una locomotora cruzando un puente
Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway (Lluvia, vapor y velocidad – El gran Ferrocarril del Oeste) (1844), Joseph Mallord William Turner. Crédito: The National Gallery, Londres.

Cuando Turner exhibió su obra (no se sabe con certeza si la pintó ese mismo año), el sistema ferroviario estaba en plena expansión, tras la inauguración en 1830 de la primera línea interurbana: la Liverpool–Manchester. Aunque el tren ya había dejado de ser una novedad, su rápido desarrollo tecnológico y su creciente impacto social seguían trastocando los paradigmas decimonónicos.

Turner representa el tren como un volumen oscuro que se desplaza por un puente e irrumpe en un paisaje etéreo, dominado por tonos difusos y una luz tamizada. La composición de la obra, realizada desde una perspectiva ligeramente elevada sobre el horizonte, utiliza la diagonal del puente para generar profundidad y sugerir movimiento. Este recurso no solo dinamiza la escena, sino que simboliza el avance inexorable de la máquina, una fuerza disruptiva que coexiste en tensa armonía con la naturaleza.  Mientras la tecnología se impone con formas concretas, lo natural se disuelve en la abstracción, acentuando la sensación de velocidad. El contraste entre lo nítido (el tren y el puente, definidos con empastes gruesos, aunque con bordes imprecisos) y lo borroso (el paisaje, diluido en veladuras) es clave en el lenguaje de Turner.

pintura de turner a la izquierda representando un tren sobre un puente y la película de los Lumierèr de tren llegando a la estación
Comparación de la perspectiva usada por Turner y la usada por los hermanos Auguste y Louis Lumière

El tren como símbolo moderno

La decisión de Turner de representar la locomotora de frente, aunque en un ángulo lateralizado, parece anticipar —de manera casi profética— el encuadre que, medio siglo después, emplearían los hermanos Lumière en L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat (1896). La primera pintura de renombre dedicada a un tren y el primer filme protagonizado por uno, comparten una composición dinámica: en ambas, el tren avanza hacia el espectador, generando una fuerte sensación de inmersión y, en el caso del cine, incluso de sobresalto. Sin embargo, mientras Turner eleva ligeramente la perspectiva —acentuando la diagonal del puente para guiar la mirada—, los Lumière sitúan la cámara a nivel de andén. Esta elección no solo humaniza la escala, sino que subraya el realismo documental del cine frente a lo sublime pictórico de Turner, donde la máquina se funde con la atmósfera y se convierte en símbolo del tiempo moderno.

Para un espectador de 1844 —cuando la fotografía apenas comenzaba a desarrollarse y el cine ni siquiera se vislumbraba—, la percepción de Rain, Steam and Speed… debió ser muy distinta a la de un observador del siglo XX o XXI, habituado a un mundo saturado de imágenes en movimiento. La impresión de ver representada aquella máquina novedosa, que no solo alteraba el paisaje sino también las referencias de velocidad e inmediatez conocidas hasta entonces, pudo haber sido semejante a la que provocaron, décadas después, las primeras proyecciones del film de los Lumière. Si los espectadores del cine veían al tren avanzar sobre la pantalla, los de Turner, frente a la tela, podían intuir la velocidad de esa máquina que parecía dirigirse hacia ellos. El artista no se limitó a pintar una locomotora: intentó capturar su movimiento, tanto en su dimensión física como simbólica. Y para lograrlo, eligió cuidadosamente cada elemento de la composición.

Tras el impacto visual del tren, la estructura que ancla toda la escena es el puente. Turner representa una locomotora modelo Firefly de la Great Western Railway (GWR) —una de las compañías más emblemáticas del Reino Unido, que empezó a operar en 1841 conectando el puerto de Bristol con Londres— mientras cruza un puente sobre el río Támesis. La GWR es célebre, entre otras razones, por las innovaciones que introdujo su ingeniero responsable, Isambard Kingdom Brunel. Una de esas innovaciones fue la construcción del puente ferroviario de Maidenhead, la estructura que Turner plasma en su pintura.

Brunel, un ingeniero de apenas veintisiete años, asumió el proyecto con una visión vanguardista y el Maidenhead es prueba de esa visión. Fue construido íntegramente con ladrillos rojos para salvar un tramo del Támesis, se compone de dos arcos principales tan anchos y planos que, en su época, fueron los mayores jamás ejecutados en mampostería. La propuesta estructural hizo que muchos ingenieros contemporáneos dudaran de que el puente se mantuviera en pie. El puente se terminó en 1838 y entró en servicio ferroviario en 1839, disipando las dudas de los escépticos. Hoy, más de 180 años después, sigue soportando el paso de los trenes modernos.

Puente ferroviario Maidenhead, ingeniero Isambard Kingdom Brunel 

Con la inclusión preponderante del puente, Turner no se limita a representar la máquina y su poder, sino también sus efectos sobre el paisaje y la sociedad. Rain, Steam and Speed podríamos interpretarlo como un homenaje al progreso tecnológico y de la ingeniería, así como una reflexión sobre su impacto social. La locomotora —heroica y monstruosa a la vez— más que dominar el paisaje, lo metaboliza. El vapor que emana de la chimenea, se confunde con las nubes. 

Además del viaducto ferroviario de Brunel, al fondo, dispuesto perpendicularmente, se distingue otro puente cuyo extremo se disuelve en la misma niebla de donde emerge el tren. Se trata del antiguo puente de carretera de Maidenhead, construido en el siglo XVIII.

Detalle del antiguo puente de Maidenhead

Para Turner, estas estructuras no son simples recursos compositivos: son capas históricas, testimonios arquitectónicos de un cambio de era. La presencia del viejo puente y del moderno viaducto no es casual: juntos trazan una narrativa silenciosa sobre el paso de una era a otra. El puente antiguo se desvanece en la atmósfera, como el mundo rural que representa. El de Brunel, con la locomotora cruzándolo, irrumpe con claridad desde la bruma: lo nuevo no destruye lo anterior, pero lo difumina, lo desplaza, lo relega a un fondo cada vez más borroso.

La figura humana

En los vagones descubiertos que arrastra la locomotora, Turner pinta pequeñas motas en tonos claros que, a primera vista, podrían confundirse con una carga cualquiera. Pero al observar con atención, se distingue que esa carga son pasajeros que viajan hacinados en tercera clase, posiblemente hombres, mujeres y niños pertenecientes a la nueva clase obrera surgida con la Revolución Industrial. Son el contrapunto al relato triunfal del ferrocarril y del progreso. No son mercancías, pero viajan como tales. La estructura abierta de los vagones —sin techo, expuesta al clima— acentúa su vulnerabilidad: son transportados por una máquina poderosa, pero carecen de protección frente a las inclemencias del tiempo. Turner los representa con la misma pincelada efímera que emplea para las nubes, como si quisiera subrayar la fragilidad y la precariedad de sus vidas en el nuevo orden industrial.

Detalle de los pasajeros en el vagón

La presencia humana se aprecia también en otras zonas del cuadro, casi imperceptible a primera vista. Turner pinta esas figuras con tal sutileza que se disuelven en el paisaje. A un lado del puente, en la zona más amplia de la escena, se distingue una pequeña barca con dos personas a bordo. ¿Quién se aventuraría a remar con ese clima incierto? Una de ellas parece estar preparada con un paraguas, como si disfrutara del paseo a pesar de la llovizna. Esa embarcación, sencilla y frágil, establece un contraste elocuente: el transporte fluvial, con su ritmo tradicional y pausado, frente a la nueva máquina que impone velocidad, transforma la percepción del tiempo y acelera el ritmo de vida.

Detalle la barca

Frente a ellos, en la orilla, se encuentra un grupo de figuras humanas casi fundidas con los árboles, y estos, a su vez, con el fondo. Entre esas siluetas, una parece alzar los brazos hacia el tren, quizá saludándolo. ¿Qué hacen allí, reunidos, bajo la lluvia? Estas figuras, insertas en el paisaje, parecen existir en una festividad atemporal, ancladas en un no-tiempo que no se ve afectado por el avance tecnológico. No están desconectadas de los elementos esenciales: la tierra, el río, la lluvia. Pertenecen a un mundo que no ha sido del todo desplazado.

Detalle grupo en la orilla

Del otro lado del puente, casi al borde del cuadro, se percibe la diminuta figura de un labrador con dos bestias, que caminan en dirección contraria a la locomotora. ¿Podría realmente estar trabajando bajo la llovizna? Su presencia es una poderosa metáfora de la vida agraria, de métodos de producción que están siendo reemplazados, industrializados o abandonados. Este hombre —como la barca, como la figura que saluda— encarna lo que aún persiste: un modo de estar en el mundo que el tren, con su arrolladora velocidad, está dejando atrás.

Detalle del labrador y las bestias

Turner no organiza estas figuras para construir una escena estrictamente coherente. Más bien las deja flotar en el paisaje, insertas con una ambigüedad deliberada, como si desafiaran la lógica meteorológica y narrativa. Nos invita a percibir contrastes, tensiones y transiciones: entre lo antiguo y lo moderno, lo humano y lo mecánico, lo inmóvil y lo fugaz. Y, sobre todo, deja abierta la interpretación, sin imponer una lectura única ni definitiva.

La lluvia

Aunque el cuadro presenta un ambiente húmedo y nublado, no hay gotas visibles ni chubascos definidos: la lluvia no es explícita, sino tácita. Turner la sugiere con pinceladas diagonales y veladuras translúcidas, como si pintara no el fenómeno, sino su rastro. Tal vez no quiso representar una escena de lluvia literal, sino evocar ese instante ambiguo en que empieza a amainar —o está a punto de desatarse la tormenta.

Este clima brumoso no solo unifica visualmente la escena, sino que actúa como recordatorio de la naturaleza como presencia constante. Turner no la idealiza —como harían los románticos— ni la somete al poder de la máquina —como celebrarían los futuristas—. En cambio, las entrelaza. Esta lluvia sutil que cae sobre el paisaje, las figuras y el tren, diluye la frontera entre lo natural y lo artificial. Con ello, Turner parece decirnos que incluso en el corazón del avance industrial, la naturaleza no desaparece: permanece como fondo irrenunciable, como telón de fondo silencioso de todo cuanto acontece.

La liebre

Y sin embargo, hay una figura más, la liebre. Es apenas visible, desdibujada por el paso del tiempo, pero que volvió a hacerse perceptible tras una de las restauraciones de la obra. Corre delante del tren, como si intentara ganarle a la máquina o huir de ella.

Detalle de la liebre

¿Por qué la incluyó Turner? Como tantos otros elementos de esta pintura, su significado queda en manos del espectador. ¿Por qué la incluyó Turner? Como tantos otros elementos de esta pintura, su significado queda en manos del espectador. La liebre, símbolo tradicional de agilidad y velocidad, corre delante del tren. En ese instante capturado por Turner, no sabemos quién ganará. Solo sabemos que ambos están en movimiento simultáneo. Turner no elige ganador: suspende el momento en que todo cambia a la vez y deja que cada espectador decida qué significa ese cambio.


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