Editorial

¿Qué tiene el tren que nos fascina tanto?

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Vitars | Septiembre, 2025


Cuántas veces lo hemos usado como metáfora del tiempo, visto como símbolo de progreso o admirado como esa maravilla tecnológica que conquistó la geografía y la velocidad. Pero su verdadera atracción va más allá de su simbolismo y su funcionalidad; deja de ser una máquina o un concepto, para convertirse en un contenedor de vivencias personales, recuerdos y sentimientos.

​El tren no solo nos lleva de un destino a otro o arrastra vagones cargados de una inmensa fuerza simbólica y cultural, sino que también funciona como un detonante de historias, un fogonazo que agita la imaginación, alborota los recuerdos o convoca a la reflexión. Es como si cada vagón ya estuviera repleto de relatos antes de partir, como si en cada viaje latiera la posibilidad de entrelazar la realidad con la ficción, invitándonos incluso a repensar el sentido de nuestro propio trayecto.

​La irrupción del tren se produjo en un mundo que se movía a un ritmo diferente, un mundo cuya máxima velocidad terrestre era la del galope de un caballo y que apenas comenzaba a asimilar las transformaciones de la Revolución Industrial. La sociedad del siglo XIX no estaba equipada, ni cultural ni tecnológicamente, para un cambio que pulverizaría sus referencias de espacio y tiempo. Por primera vez, el ser humano se enfrentaba a un monstruo de hierro y vapor que no dependía de la fuerza animal. Su inmensa capacidad de arrastre materializó una aceleración inédita en la historia. De pronto, esta máquina autopropulsada permitía recorrer largas distancias en menor tiempo de manera eficiente. En muchos casos, se podía hacer un trayecto en horas cuando antes se requerían días, transformando no solo la percepción del espacio, sino la relación con el tiempo. El tren estandarizó los horarios y marcó con su puntualidad el pulso de un nuevo mundo en constante movimiento.

​Viajar en él no fue, por tanto, una mera evolución del transporte, sino una experiencia que aceleró el ritmo mismo de la vida y se convirtió en el símbolo más poderoso del espíritu moderno: un recurso inagotable no solo para hablar del progreso, sino también de la vida, de la sociedad y sus brechas de clase, de la alienación en la naciente ciudad industrial e, incluso, del peligro que la propia máquina entrañaba para el ser humano y la naturaleza.

​Su consolidación como principal medio de transporte terrestre redibujó por completo el mapa de los países. Transformó radicalmente los paisajes rurales y generó nuevas formas de interacción social y económica. En el corazón de las metrópolis, las estaciones se levantaron como catedrales de la modernidad; ya no eran meros puntos de partida y llegada, sino vibrantes microcosmos con sus propias dinámicas. A lo largo de las nuevas arterias de hierro surgieron asentamientos que se convertirían en los puntos neurálgicos de un vasto sistema. Las mercancías comenzaron a circular a una escala impensable unas décadas antes y la humanidad comenzó a viajar como nunca en su historia.

​Este fenómeno global alcanzó su máxima expresión en grandes ciudades como Londres, Berlín y París, y en metrópolis emergentes que el propio ferrocarril ayudó a forjar, como Chicago o Buenos Aires. Pero quizás ningún caso ilustra mejor la magnitud de esta transformación que el de Nueva York y su emblemática Grand Central Terminal. La construcción de esta colosal puerta de entrada a la ciudad a principios del siglo XX fue el epicentro de un cambio sin precedentes. Su compleja ingeniería y su revolucionario modelo de negocio —basado en la venta de los derechos aéreos sobre sus vías soterradas— la convirtieron en un referente mundial. La estación no solo interconectó el ferrocarril con los edificios circundantes, sino que fue parte de un proyecto urbano que generó un nuevo centro vibrante de comercio, negocios y vida social, y transformó para siempre el paisaje urbano neoyorquino, impulsando el desarrollo de los rascacielos que ahora definen el paisaje de Midtown Manhattan.

​El impacto del tren fue tan profundo que fue mucho más allá de lo meramente funcional, grabándose en la memoria cultural de generaciones enteras. Se convirtió en un arquetipo, cargado con la energía primordial de la experiencia del viaje y del tránsito. La literatura, el cine y el arte no tardaron en descubrir su inmenso potencial narrativo. Como máquina, ofrecía un escenario irresistible para el misterio, el romance y la aventura; en sus vagones podían mezclarse personajes de toda índole y viajar cargas de incalculable valor. Se convirtió también en un recurso inagotable para reflexionar sobre el destino y la vida, la sociedad y el tiempo. Y estos múltiples significados se instalaron en el imaginario popular con la fuerza de aquello que parece formar parte de nuestra memoria más antigua.

​De esta profunda fascinación brotó, casi como una consecuencia natural, su réplica en miniatura: el tren de juguete. No pasó mucho tiempo para que el tren se instalara en nuestra infancia, mucho antes de que pudiéramos comprender su función real. Así, el tren se volvió un objeto no solo lúdico sino también mágico, capaz de despertar la curiosidad y ofrecer un modo de entender el viaje, el tiempo, las etapas de la vida y las conexiones entre lugares y personas. El tren de juguete fue un contacto íntimo y emocional con la idea del tránsito; una metáfora tangible que, desde el suelo de la habitación, conectaba el vasto mundo exterior con nuestro universo interior.

​Quizás por ello, hoy asistimos a un resurgimiento de su encanto. Si bien el tren de alta velocidad nos acerca más al futuro, la nostalgia ha impulsado un renacer de los viajes de lujo, que emulan la elegancia de una era dorada con servicios que son, en sí mismos, una experiencia inmersiva. Este revival demuestra que el tren es más que una máquina funcional, es un arquetipo que nos permite, incluso en la actualidad, viajar no solo a un destino, sino también a otras épocas, a otros ritmos, en una búsqueda de un tiempo más lento que contrasta con el mundo acelerado en el que vivimos.

​De monstruo de hierro a juguete mágico, el tren sigue siendo más que un medio de transporte. Explorarlo es adentrarse en una fascinante red de conexiones que atraviesan la historia, la cultura y la imaginación. Es una mirada que encuentra en lo cotidiano un punto de partida para lo extraordinario y, en lo extraordinario, una grieta para comprender mejor nuestra propia vida.

​Por eso, en esta edición de Vitars, no buscamos una respuesta única a esa pregunta inicial. Al contrario: te invitamos a subir a bordo y hacer de ella el comienzo de un viaje. Nuestra ruta tendrá diversas paradas en las que intentaremos entender —o al menos intuir— por qué el tren nos fascina tanto.

​El viaje comienza ahora.

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