Ficción
La estación de las 4:12
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Por Mairi Larroque | 2025
Me llamo Elías y tengo diez años. No me gusta mucho jugar con otros niños, solo con Lucas y Andrés y, a veces con Amanda, mi vecina. Tampoco soy muy fanático de los videojuegos, y mucho menos de los deportes. Lo mío son los trenes, no para jugar con ellos, aunque tengo varios que colecciono. Mi preferido es uno eléctrico que me regaló el abuelo en mi cumpleaños; con ese sí que juego, es muy bonito y parece real. Lo que pasa es que los trenes que más me gustan son los grandes, los de verdad. Me encanta verlos en las películas, en los documentales, en los libros y en las revistas. Me gusta ver cómo llegan, cómo se van, imaginar a dónde van las personas cuando se suben y cuando se bajan. Me gusta imaginar sus viajes a través de pueblos, ciudades, montañas, túneles y puentes. Y más que todo, me gusta esperar a los trenes… ¡Oh, sí… esperarlos es mi parte favorita!
Hay una estación abandonada a tres cuadras de mi casa. Muchos, muchos años atrás, antes de que yo naciera, pasaba un tren por aquí. Esa estación no está completamente cerrada. Le pusieron unas cintas amarillas en forma de equis en la entrada, como en las películas. Están medio rotas y cubiertas de polvo. Pero aunque parezca que quieren evitar que entres, es fácil hacerlo. Simplemente empujas la puerta un poco y ya está. No es nada del otro mundo, nadie te va a ver. Cuando entras hay una sala de espera llena de polvo y palomas y un silencio que no se encuentra en otros lugares. Es un silencio que hace eco incluso cuando uno no dice nada.
Voy allí casi todos los días después de la escuela. Mi mamá cree que voy a casa de Lucas. A veces sí voy, claro, pero otras veces no. Una vez le dije a Lucas que me acompañara y no le interesó. También invité a Andrés, pero ni siquiera me hizo caso. Mejor. Me gusta estar solo en la estación. Es mi secreto, es mi lugar. Cuando voy me llevo mi cuaderno y me siento en la banqueta del andén a dibujar los trenes que llegan. Son imaginarios, claro, pero los dibujo como si fueran reales. Siento el ruido de los rieles al vibrar cuando uno de los trenes se está acercando, un ruido que rompe ese silencio raro de la estación. Uno de mis trenes favoritos tiene ventanas redondas como ojos de pulpo. Pero el que más me gusta, el más increíble de todos, parece una serpiente de acero que se arrastra por el aire en vez de por las vías.
Un día, justo cuando estaba a punto de regresar a casa, un tren que nunca había visto, llegó. No sé cómo explicarlo bien. No hizo ruido. Solo apareció. No era un tren moderno; más bien parecía uno de esos trenes viejos de vapor como los de las fotos antiguas. Era negro y reluciente, con detalles rojos y dorados. Parecía como recién salido de una fábrica. Mi corazón empezó a latir más rápido, ¡bum, bum!, y pensé que se me iba a salir por la boca. Me fascinó.
Me levanté con el cuaderno en la mano y caminé lentamente a lo largo de la plataforma mirando sus vagones. Cuando me detuve, las puertas se abrieron. Nadie bajó. Solo se quedaron abiertas, como si el tren me estuviera invitando a subir. Pero yo no me moví. No porque tuviera miedo o algo parecido; era una sensación como cuando uno está a punto de preguntar algo muy importante y de repente olvida las palabras.
Estuvimos así, el tren y yo, por un rato que no supe medir. Después, las puertas se cerraron suavemente y se fue. Pero no como se van los trenes normales, con rugido y temblor. No, no. Simplemente desapareció.
Volví al día siguiente, y al otro, y al otro, esperándolo y dispuesto a montarme, si abría las puertas para mí. Intenté contárselo a mis amigos, pero se rieron apenas empecé a hablar. “¡Qué tonterías dices!”, respondió Lucas, empujándome y muerto de la risa. “Deja de inventar bobadas”, dijo Andrés, dándome un golpecito en la cabeza, y enseguida empezaron a hablar de otra cosa. Amanda, a diferencia de Lucas y Andrés, me escuchó en silencio. Luego dijo que probablemente fue un sueño, pero que le gustaba cómo lo dibujaba. Después se puso a hablar de sus gatos, como si nada. Tampoco podía decírselo a papá, a mamá o a mi abuelito, porque además de que no me creerían, pensarían que estaba enfermo o, algo peor, loco. Y no me convenía contarles, porque si descubrían mi secreto, me prohibirían ir a la estación.
Ese tren no sale de mi cabeza y creo que es uno de los más bonitos que he dibujado. Lucas y Andrés me reclamaron el otro día que dejara de hacerme el raro y de hablar de trenes antiguos, porque decían que ya aburría con eso. Amanda cuando me ve, me llama niño chu chu.
Sé que ese tren no era un tren normal. Si lo pienso bien, era como una especie de memoria. O sea, como un recuerdo… No sé si era algo que recordaba yo, o si era un recuerdo que a otra persona se le había escapado, como cuando uno dice algo sin querer… O quizás era un tren que viajó por el tiempo, también puede ser… Y creo que no vino a llevarme… No… Vino a avisarme… Sí, eso es… Quiso decirme que algún día, cuando esté listo —no sé para qué, para viajar, supongo— volverá. Las cosas importantes no siempre hacen ruido. Así dice el abuelo… Un día me puse a pensar que hay estaciones que no aparecen en los mapas, como esta, en las que quizás hay algún niño como yo esperando un tren.
Por eso sigo viniendo a la estación de las 4:12. La llamo así porque es la hora que marca el reloj de la torre que está roto desde antes de que yo naciera y, ¡qué cosas!, fue justo a esa hora en la que el misterioso tren apareció.
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