el tren en los inicios del cine

El tren en la fantasía de Georges Méliès

Por Mairi Larroque | 2025

El ilusionista Georges Méliès, pionero del cine de ficción, en 1895 fue uno de los primeros curiosos que asistieron en París a la presentación de un invento llamado cinématographe, del que se decía que podía reproducir imágenes en movimiento. Lo que vio lo dejó maravillado y, de inmediato, quiso adquirir uno de aquellos aparatos. Se acercó a sus inventores, los hermanos Louis y Auguste Lumière, para comprarlo, pero, a pesar de su insistencia, los hermanos rechazaron su oferta: no tenían intención de vender su innovador artefacto a particulares.

Méliès no desistió. Ya había quedado cautivado con lo que vio y si no era con los Lumière, encontraría a otro que pudiera venderle algo similar. Sus pesquisas lo llevaron a Londres, y allí adquirió un Theatrograph, un artefacto creado por el óptico e ingeniero británico Robert William Paul. El dispositivo era esencialmente un proyector, una adaptación del kinetoscope de Thomas A. Edison para que las imágenes pudieran proyectarse sobre una pantalla.

Méliès lo modificó con la intención de que funcionara también como un tomavistas, y lo logró. En la primavera de 1896 comenzó a rodar sus propias películas.

Aunque sus intereses se inclinaron pronto hacia lo fantástico, el impacto que le produjo ver L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat (1896) despertó en él una fascinación por el dinamismo del tren y sus posibilidades visuales y narrativas.

Para él, el ferrocarril no era solo un símbolo de la modernidad, sino una máquina que encarnaba aventuras, una metáfora de las transformaciones, una puerta hacia lo imposible. Lo convirtió en un elemento dentro de su universo creativo.

En las obras de sus inicios, se encuentran Le Voyage à travers l’impossible (Viaje a través de lo imposible, 1904) una travesía interplanetaria que comienza en una estación ferroviaria y culmina con un tren-cohete que desafía las leyes de la física. El tren aquí se convierte en una nave de sueños, metáfora del impulso humano por ir más allá de los límites de la lógica. Otra de sus obras es Tunnel sous la Manche (El túnel bajo el Canal de la Mancha, 1907), una sátira futurista sobre la construcción de un túnel entre Francia e Inglaterra. El tren simboliza la conquista de lo subterráneo y de la conexión internacional, canalizando el espíritu progresista de la Belle Époque a través del humor visual y la fantasía técnica.

A pesar de su inclinación hacia la ficción y el ilusionismo, Méliès también experimentó brevemente con el registro documental, influido por el modelo de los Lumière. Un ejemplo temprano es Arrivée d’un train (Gare de Joinville) (Llegada de un tren a la estación de Joinville, 1896): una de sus primeras películas, en la que filma la llegada de un tren a la estación de Joinville-le-Pont, en las afueras de París. Se trata de una actualité al estilo de los Lumière, aunque ya muestra un incipiente interés por la composición y la puesta en escena. Algunos historiadores la consideran una respuesta directa a la célebre L’Arrivée d’un train…, un ejercicio de apropiación y reinterpretación del nuevo medio.

Otra obra destacada y más experimental es Panorama pris d’un train en marche (Panorama desde un tren en marcha, 1898), considerada una de las primeras “phantom rides” —un género cinematográfico primitivo en el que la cámara, fijada a la parte frontal de un vehículo en movimiento (típicamente un tren), ofrecía al espectador el punto de vista subjetivo e inmersivo del viaje—. La cámara emula el punto de vista del maquinista, captando el paisaje mientras el tren atraviesa zonas urbanas y rurales. Esta perspectiva dinámica era revolucionaria para el público de finales del siglo XIX, al ofrecer la ilusión de estar haciendo el viaje desde un punto de vista único y experimentar la velocidad y la profundidad.

Aunque su legado está ligado sobre todo al cine de fantasía, lleno de trucos, y a los mundos imaginarios, películas como Panorama pris d’un train en marche demuestran que Méliès también supo explorar el realismo y la percepción visual con una sensibilidad que iba más allá de lo documental.

Al adoptar un punto de vista que se ubicaba en el propio tren, anticipó el uso de la cámara móvil para generar lo que podríamos llamar inmersión sensorial. Esta mirada desde el tren permitía al público experimentar la velocidad, la profundidad y el espacio de su asiento, como si realmente estuviera viviendo la experiencia.

La película era un retrato visual del entorno ferroviario y suburbano del París de fines del siglo XIX, y aportaba un testimonio único de la vida y la infraestructura de aquel tiempo.

Georges Méliès comprendió, desde sus primeros pasos, el potencial de la reproducción de imágenes en movimiento para transformar la percepción del tiempo y el espacio. El tren, símbolo por excelencia de la modernidad, fue uno de los recursos favoritos en sus inicios para explorar esa frontera entre la realidad,  y la imaginación.

A diferencia de los hermanos Lumière, que concebían el cinématographe como una herramienta científica o documental, Méliès vislumbró la posibilidad para convertirse en una fábrica de sueños.


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