EL primer protagonista del cine
De los rieles a la gran pantalla
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Mairi Larroque| 2025
En 1896, los hermanos Louis y Auguste Lumière asombraron a una audiencia inexperta con un corto que se conocería como L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat, un film que demostró, de manera contundente, el poder de las imágenes en movimiento para emocionar, conmover y desafiar los límites de la realidad.
Después del éxito abrumador que Louis y Auguste Lumière obtuvieron con su cinématographe en la histórica proyección del 28 de diciembre de 1895 en París, decidieron ampliar su repertorio de vues photographiques animées, como llamaban a sus breves escenas de la vida cotidiana. Querían mostrar algo más que personas saliendo de una fábrica o realizando actividades comunes. ¿Y qué podía resultar más adecuado que registrar un tren en movimiento? Era una escena perfecta para demostrar la versatilidad y el potencial de su invento.
En enero de 1896, en la población costera de La Ciotat, al sur de Francia, donde la familia Lumière tenía una residencia, Louis llevó su cámara a la estación. La colocó cerca del borde del andén, en un ángulo que le permitiera obtener una toma profunda y amplia, para captar el tren ingresando a la estación desde la distancia.
El resultado fue excelente y, aunque los hermanos intuían el efecto que podía causar en la audiencia, no podían imaginar que su nueva producción marcaría un punto de inflexión en la historia de un arte y una industria que apenas comenzaban a nacer: el cine.
Incluyeron la nueva vue en una presentación programada para el 25 de enero de 1896, en la sala del 1, rue de la République, en Lyon. Fue un lleno total, como esperaban. La oscura sala se iluminó con la luz del nuevo aparato, que proyectaba sobre una pantalla imágenes en movimiento, en tonos grises, sin sonido y organizadas en breves escenas. El público murmuraba asombrado al ver rostros, gestos, paisajes que parecían tan reales, tan cercanos, tan palpables.
Pero cuando apareció la escena de la estación de La Ciotat, esos murmullos cambiaron por completo. En un plano abierto se veían las vías cruzando diagonalmente el encuadre y a varios pasajeros y trabajadores en los andenes. Desde el fondo, la figura oscura de una locomotora con su característica columna de humo hacía su ingreso a la estación. La máquina, que avanzaba directamente hacia la cámara —y por tanto hacia el público—, se hacía cada vez más grande y parecía no detenerse, dando la sensación de que en cualquier momento desbordaría la pantalla. Los espectadores se sobresaltaron al ver el tren moverse hacia ellos, impactados por una escena tan asombrosa y realista.
El nacimiento de la leyenda
La leyenda cuenta que el público entró en pánico al ver que el tren se les venía encima y, despavorido, abandonó la sala entre gritos. Aunque la intensidad de esa reacción ha sido matizada por los historiadores, no es difícil imaginar que la simple visión del tren avanzando hacia la audiencia resultara impactante. Es probable que provocara sobresaltos, exclamaciones o algún movimiento instintivo de defensa: respuestas físicas y emocionales ante una experiencia visual completamente nueva.
Actuaron como lo haría hoy cualquier espectador que, en una sala de cine, se estremece, se cubre el rostro o se encoge en el asiento al ver una escena que lo sobrecoge. Para el público de 1896 aquello era inédito, desconcertante e inolvidable, aunque sabían que lo que veían, por más real que pareciera, era solo una proyección.
¿Por qué esta escena, que dura menos de cincuenta segundos, no solo causó una reacción intensa en el público que la vio, sino que se convirtió —sin proponérselo— en la piedra angular donde se construiría una nueva forma de representar y narrar la realidad?
Este breve film reveló la capacidad del nuevo medio para servirse de las imágenes y evocar emociones, provocar reacciones, cautivar e incluso influir en quien lo observaba.
El valor de L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat —como sería conocida esta vue— reside en su composición. Louis Lumière, al elegir la perspectiva desde la que registraría la escena, introdujo sin saberlo un recurso que se convertiría en la base del cine narrativo y del suspense: la composición diagonal.
Las vías del tren cruzan el encuadre desde el punto de fuga hasta la esquina inferior del primer plano. Ese encuadre no solo aporta amplitud, profundidad y dinamismo a la escena, sino que acentúa el movimiento del tren, que al no detenerse del todo genera la sensación de que podría sobrepasar el marco de la pantalla. La diagonal, además de guiar la mirada y reforzar la tensión del movimiento, produce una expectativa inconsciente: la percepción de que algo inminente e inevitable está por ocurrir.
La visión de Gorki
El éxito de L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat fue tan contundente que los Lumière comprendieron de inmediato que debían aprovecharlo para comercializar su invento. Desde Lyon, sede de la Société Lumière, organizaron una red de operadores que viajaron por Europa y América para filmar y proyectar escenas similares: trenes que llegaban, partían o cruzaban ciudades, entre muchas otras “vistas”.
Así fue como la novedad llegó a Rusia, donde un intrigado Máximo Gorki asistió a una proyección del cinématographe. Su testimonio, publicado bajo el título El Reino de las Sombras (1896), con el seudónimo de “I. M. Pacatus”, en el diario Nizhegorodski listok el 4 de julio de 1896, es uno de los más significativos y puede considerarse la primera crítica cinematográfica. El escritor no solo describe la experiencia, sino que la analiza desde una perspectiva filosófica y estética, viendo el nuevo invento no como una simple reproducción de la vida, sino como una representación inquietante de la realidad:
“La noche pasada estuve en el Reino de las sombras.
Si supiesen lo extraño que es sentirse en él. Un mundo sin sonido, sin color. Todas las cosas –la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire- están imbuidas allí de un gris monótono. Rayos grises del sol que atraviesan un cielo gris, grises ojos en medio de rostros grises y, en los árboles, hojas de un gris ceniza. No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silencioso.”
En esta visión de un mundo “gris y mudo” Gorki convierte la experiencia de la proyección del tren en algo más que una ilusión óptica: la transforma en una imagen espectral, una mezcla de fascinación y desasosiego.
“Repentinamente se escucha un chasquido, todo se desvanece y aparece ante ti un tren en la pantalla. Se lanza directamente hacia ti, ¡cuidado! Da la impresión de que va a precipitarse en la oscuridad sobre el espectador, convirtiéndolo en un montón de carne lacerada y huesos astillados y reduciendo a polvo y fragmentos rotos esta sala y el edificio entero, lleno como está de mujeres, vino, música y vicio.
Pero también éste es un tren de las sombras.”
El éxito comercial
Los Lumière no concebían el cinématographe —término que ya no se usaba solo para el aparato, sino para el espectáculo en sí— como una forma de arte ni creían en su potencial narrativo. Lo entendían como un avance técnico con aplicaciones científicas y comerciales. La Société Lumière alquilaba el aparato junto con un catálogo de producciones que se vendían como copias a operadores y exhibidores de todo el mundo, y enviaba además a sus propios operadores para filmar y proyectar películas en distintos países.
Aunque L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat era considerada el pináculo de su repertorio, no pasaba de ser el título n.º 653 del catálogo comercial (la versión que se rodó en 1897, la más difundida). Su enorme popularidad la convirtió en un activo económico esencial. La película se transformó en el clímax de cualquier sesión del cinématographe, ideal para demostrar la superioridad del invento frente a otros dispositivos, como el kinetoscope de Edison, que ofrecía una experiencia individual a través de mirillas. El impacto de ver imágenes en movimiento proyectadas en una gran pantalla resultaba incomparable.
Y aunque el pánico inicial que supuestamente provocó L’Arrivée d’un train… probablemente fue exagerado, la Société Lumière supo explotar la leyenda: la promesa de una imagen tan “viva” que podía asustar al espectador se convirtió en un argumento publicitario irresistible. Así, el asombro se transformó en curiosidad, y la curiosidad, en ganancias. Sin embargo, en 1905, los hermanos Lumière se retiraron del negocio cinematográfico, vendieron sus derechos de explotación y concentraron sus esfuerzos en el desarrollo de la fotografía a color (Autochrome).
El mito revivido: el 3D de 1934
El éxito y los beneficios de este hito del cine no terminaron con su retiro. Casi cuarenta años después, Louis Lumière, que nunca abandonó su interés por la tecnología, revivió su célebre película al presentarla con un sistema de proyección estereoscópica que él mismo había desarrollado y al que llamaba cinéma en relief (cine en relieve).
Su método utilizaba una cámara con dos objetivos separados por una distancia similar a la de los ojos humanos, que registraban dos imágenes paralelas. Durante la proyección, esas imágenes se superponían mediante el sistema de anaglifo, que empleaba gafas con filtros de colores (rojo y cyan o rojo y verde), permitiendo al cerebro fusionarlas y percibir la profundidad.
Con este efecto tridimensional, que acentuaba la ilusión de realidad, el tren sí parecía salir de la pantalla, provocando asombro, sobresaltos y pánico entre los asistentes. Con el tiempo, esa escena se fundió con la leyenda de 1896, consolidando la idea —más emocional que precisa— de un público aterrorizado ante la llegada del tren. En cierto modo, el mito se volvió realidad.
Louis Lumière aprovechó deliberadamente su film más icónico para promocionar y validar su nueva técnica. Para entonces, la historia del público que había huido despavorido en 1896 era ya un mito consolidado. Al reintroducir la película en 3D, Louis no solo la exhibía nuevamente: revivía su propio mito, transformando la leyenda en experiencia tangible. El uso de un ícono tan reconocible atrajo a la prensa y al público curioso, garantizando una amplia cobertura para su demostración del cinéma en relief. El tren funcionó como un gancho publicitario que unía la nostalgia del nacimiento del cine con la promesa de su evolución tecnológica.
En esencia, al volver a filmar y proyectar L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat en 3D, Louis Lumière utilizó su obra maestra para presentar su nuevo invento, creando un déjà vu amplificado que aseguró que la proyección de 1934 fuera tan memorable como el debut original de 1896.
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