memorias

El tren de mi adolescencia

Por Francisco Martínez Pocaterra | 2025

Tendría yo unos trece años, creo. Preadolescente. Esa etapa en la que uno empieza a hurgar en la identidad propia. Mi madre, viuda con cuatro hijos, en esos años —década de los setenta— nos hizo un cuarto de juguetes en el patio de nuestra casa en La Florida. No era suntuoso. Más bien recordaba un depósito. Ahí se guardaban todos los juguetes: cajas de Lego, figuras de acción, soldados de plomo, romanos y medievales, carritos Hot Wheels con sus pistas anaranjadas…

Aquel diciembre, días antes de la nacionalización del petróleo por parte de Carlos Andrés Pérez —un pésimo negocio para Venezuela que rindió muchos votos al candidato adeco en la campaña de 1973—, recibí un regalo por navidades que aún conservo: un tren a escala. Niño Jesús, le decíamos en estas tierras antes de la transculturización y del Miami barato (que lo era ciertamente). No era de esos feos y mal acabados con baterías, sino uno eléctrico. Uno de verdad. Un Lima italiano, HO (escala 1:87). En aquel cuarto, digamos de unos cuatro metros por dos y tantos, construí la maqueta para ese tren. Costó ese juguete —que más tarde descubriría que en realidad es para adultos— alrededor de ciento cincuenta bolívares de aquellos. Unos cuarenta dólares. Mi madre, pensionada del ministerio, pudo regalármelo.

Como sabrán todos los cultores de los trenes a escala, la diversión es justamente construir y agrandar la maqueta. En mi caso, de un óvalo con un solo juego de locomotora y vagones, llegué a tres circuitos de vías. Tres locomotoras on sus vagones. Y rieles, muchos rieles y cruces de vías… Y, poco a poco, adquirí casas para recrear una ciudad en medio de los circuitos. Regalos de familiares y compras que hacía con algún dinerillo que ganaba proyectando películas en piñatas con mi primo Raymundo. También semáforos y figuritas y carritos y arbolitos.

Debo decir, mi juguete pasó a ser el juguete de toda la familia. Mi madre se divertía tanto como yo o mis hermanos. Recreábamos calles con papel de lija. Plazas y parques con un polvillo especial para ese fin. Construía montañas con papel periódico empapado en yeso, pintado de verde con spray. Solo al final de largas jornadas ensamblando edificaciones —en su mayoría réplicas de edificios europeos, como la casa de Hans Christian Andersen que aún conservo—, echaba a andar el tren. Compradas en tiendas del ramo, sobre todo una en la calle Villaflor de Sabana Grande, llevaba un buen rato ensamblarlas. Requería tiempo y paciencia. Esmero. Por eso, supongo, es un hobby.

Tal vez aquella ciudad era el espejo de esa otra en la que yo deseaba vivir. Ordenada y ornada. Caraqueño, no tuve nada parecido a un tren hasta que, cumplidos los veinte, el presidente Luis Herrera Campins inauguró el Metro de Caracas. Un tramo desde Chacaíto hasta Propatria. Quince estaciones. Quienes vivíamos en el este viajábamos hasta ese otro confín de la ciudad que alguna vez la caracterizaron sus techos rojos. Recordaba mi visión idílica de mi tren a escala. Ordenado, limpio, civilizado. Se pedía en esos años, como eslogan, hacer por arriba lo que se hacía por debajo. La urbanidad en las estaciones subterráneas quedaba sepultada y, en las calles, el hedor, la mugre y el caos definían a una ciudad que sin darse cuenta se había convertido en una metrópolis caótica. Tenía, mi maqueta, un río, azul y sinuoso, y un puente por el cual cruzaban los trenes. Ciertamente diferente al menguado cauce pardo y mefítico que cruza Caracas.

Nunca conocí las ruinas del ferrocarril Caracas-La Guaira. Tampoco ese otro, famoso por un asalto en los días de la guerrilla que endilgan a Teodoro Petkoff y no a su verdadero autor, Guillermo García Ponce. Desarrollado durante el mandato del déspota civilizador, el Ilustre Americano y personaje cazcorvo en la obra de Pancho Herrera Luque, Los cuatro ases de la baraja, Antonio Guzmán Blanco, el ferrocarril Caracas-La Guaira fue desmantelado en 1951. Una tormenta devastó las vías y entonces, regidos por la dictadura militar, la construcción de carreteras y autopistas hizo anacrónico un tren obsoleto trazado sobre un terreno escarpado. Como dije, mi contacto real con trenes fue tardío. Los venezolanos no hemos disfrutado de las bondades de un ferrocarril.

Sin embargo, por alguna razón repetida en millones de personas, me fascinan los trenes. Les hallo un encanto particular. Su potencial económico es enorme, me explicaba mi tío Manolo, el hermano mayor de mi madre y profesor de economía en la Universidad de Carabobo. A él le desesperaba la escasa visión de los políticos de entonces. Decía él que el pasajero quiere un cachito y por ello, un portugués abre una panadería que da trabajo, y como los trabajadores necesitan ropa y comida y calzado… una cadena de favores económicos. Así crecieron muchas ciudades entre las costas este y oeste de Estados Unidos. Aunque el presidente Eisenhower ordenó el diseño de vías automotrices que funcionan como un reloj suizo.

Ya casado, en la década de los noventa, visité la estación del tren de Barquisimeto. Eran ruinas de una Venezuela que pudo ser y no fue. Decolorada, como las estampas de un viejo libro de lectura para escolares de primero y segundo grado, olvidado en un anaquel. Más que nostalgia, aquella estación avivaba la decepción. Al llegar, busqué las cajas de mi tren a escala y en un depósito en el jardín que mi suegro bautizó como «el cuarto del tigre» (ignoro por qué), volví a construir mi maqueta. Desempolvé vías, reconecté los transformadores, reparé las edificaciones —aporreadas, ciertamente por el olvido en cajas de cartón— y compré un nuevo circuito. Un Tyco estadounidense. Réplica del ferrocarril Santa Fe. Hubiese deseado un Märklin o un Fleischmann, cuyos niveles de detalle asombran, pero solo una locomotora de esas marcas puede costar mil o mil quinientos dólares. Sería hoy un caudal de bolívares devaluados plagados de ceros como un perro callejero de garrapatas y pulgas. Trabajaba y ganaba dinero, pero no para gastar esa cantidad en un tren a escala. Ya Miami no era tan barato.

La humedad en «el cuarto del tigre» me obligó a desmantelarlo una vez más. Hoy reposa en cajas. Sin embargo, en un viaje que hice a Italia, en el 2007 y por razones de trabajo, pude disfrutar de un verdadero tren por primera vez. Hospedado en Treviso, en el área amurallada de la ciudad, rodeado de iglesias románicas, de calles empedradas e historias legendarias, tomaba el tren para visitar Venecia. El trayecto no demoraba más de lo que puede durar el recorrido del Metro de Caracas desde Chacaíto a Propatria (unos veintitantos minutos). Descendiendo por el Corso del Popolo y luego por la Vía Roma, un edificio de la década de los cincuenta del siglo pasado —feo, pero con personalidad— me ofrecía ese viaje hasta la estación Santa Lucía por dos euros y tantos, ida y vuelta. No lo niego, a pesar de la fealdad de un edificio común y corriente, y de los grafitis en paredes y locomotoras abandonadas, aquel recorrido me recordaba mi maqueta. Me reconfortaba.

Tendría unos cuarenta y algo, pero, contemplando el paisaje desde la ventana, pude adentrarme en esa ciudad de edificios europeos concentrados que en esa escala 1:87 me construí en aquel cuarto de juguetes cuando las hormonas afloraron y con ellas, los primeros enamoramientos (muchos de ellos frustrados). Un paisaje con praderas sembradas de milenramas. De una estampa tan distinta a una Caracas que concentraba cada vez más ranchos, más mugre, más hedor. Tan ajena a la ciudad en la cual nací y crecí y que, en algún momento, dejé de reconocer.


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