El tren en los inicios del del cine

El tren en la conquista del oeste cinematográfico

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Por Mairi Larroque | 2025

Mientras en Europa los hermanos Lumière y Georges Méliès exploraban el tren como símbolo de modernidad, asombro o fantasía, al otro lado del Atlántico el ferrocarril se convirtió en el emblema del poder industrial y la expansión territorial de una nación.

La Edison Manufacturing Company, bajo la dirección de Thomas A. Edison, fue una de las primeras en capturar el dinamismo del tren en movimiento. Desde 1896, camarógrafos como James H. White y Frederick Blechynden filmaron locomotoras, estaciones y trayectos para el catálogo de la compañía. Estas cintas —como Black Diamond Express (1896) o Going Through the Tunnel (1898)— no eran simples curiosidades visuales: combinaban espectáculo y promoción, y en muchos casos fueron realizadas en colaboración con las propias compañías ferroviarias.

El cine, en esos primeros años, comenzaba a descubrir su potencial como medio publicitario y de fascinación colectiva. Pero en 1903, el tren daría su salto definitivo a la ficción del cine estadounidense.

Este film cuya dirección suele atribuírsele a Edwin S. Porter, técnico y realizador del estudio de Edison, marcó un antes y un después en la historia del cine. Inspirada parcialmente en el melodrama teatral del mismo nombre escrito por Scott Marble en 1896, la película condensó en apenas doce minutos una historia de acción, robo, persecución y justicia ambientada en el Lejano Oeste.

Porter seleccionó de la obra teatral los momentos más impactantes —el asalto, la explosión de la caja fuerte, la huida y el enfrentamiento final— y los transformó en una narrativa visual continua, una sucesión de imágenes que, por primera vez, daban al espectador la sensación de estar siguiendo una historia de principio a fin.

La película empleó técnicas revolucionarias para su época: el montaje paralelo (cross-cutting) para mostrar acciones simultáneas como alternar entre los bandidos huyendo y el grupo de perseguidores organizándose, creando suspense; el rodaje en exteriores, que aportó realismo y dinamismo; y efectos prácticos ingeniosos, como la doble exposición o el uso de maniquíes para simular escenas peligrosas. Todo esto contribuyó a crear una sensación de continuidad temporal y espacial que contribuyó a sentar las bases del lenguaje cinematográfico moderno.

El momento más recordado de The Great Train Robbery no pertenece a la trama central, sino a su escena final: un plano medio del actor Justus D. Barnes, el líder de los bandidos, mirando de frente a la cámara. Apunta su revólver hacia el público y dispara varias veces.

El espectador de 1903, acostumbrado a imágenes lejanas y teatrales, se encontraba de pronto frente a un pistolero a tamaño natural que lo atacaba desde la pantalla. El propio catálogo de Edison describía la secuencia con orgullo:

“Una imagen de tamaño natural de Barnes, líder de la banda de forajidos, apuntando y disparando a quemarropa a cada individuo de la audiencia… La emoción resultante es grande.”

El impacto fue inmediato. Según la leyenda hubo gritos y sobresaltos, de espectadores que se agachaban instintivamente o se apartaban de sus asientos.

El cine volvía a poner a prueba la frontera entre la ficción y la realidad: el forajido, como ocurrió antes el tren de L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat (1896), jugaba con traspasar el límite de la pantalla. Pero Porter llevó el efecto más allá, lo transformó en amenaza.

Curiosamente, el director dejó a discreción del proyeccionista dónde ubicar la escena. Podía proyectarse al inicio, como advertencia sensacionalista, o al final, como epílogo explosivo, un recurso habitual en la época. En cualquiera de los dos casos, su función era clara: impactar, escandalizar y garantizar que nadie olvidara la película. Fue un acto temprano de showmanship, una demostración de que el cine podía ser tanto arte como espectáculo de masas. El plano del pistolero no era esencial para la trama —la banda ya había sido derrotada—, pero sí para la memoria: el disparo que se grabó en la retina del público y en la historia del cine.

Fue uno de los primeros primeros planos usados para interpelar directamente al espectador. La cara y la pistola de Barnes llenaban el cuadro, creando una intimidad violenta e incómoda que anticipaba la psicología del cine moderno. Con el tiempo, este disparo se convirtió en una imagen emblemática: el gesto que inauguró el mito del forajido y la violencia del western.

Décadas más tarde, Martin Scorsese rendiría homenaje a esa escena en el final de Goodfellas (1990), cuando Joe Pesci apunta su arma y dispara directamente a cámara, repitiendo el mismo desafío visual que Porter había lanzado casi un siglo antes.

Más que una simple película de acción, The Great Train Robbery fue un manifiesto sobre el poder del cine para emocionar, aterrar y fascinar. En ella, el tren dejó de ser solo un vehículo de modernidad para convertirse en el preludio del escenario mítico que el western haría suyo décadas después. Y aquel disparo final —ese proyectil imaginario que cruzó la pantalla en 1903— fue, quizá, el primer recordatorio de que el cine no solo se mira, sino que se siente.


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