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Home | Edición Nº 1: ¿qué tiene el tren que nos fascina tanto? | mi geografía
Por Rolando Arco | 2019
No hay en mi memoria calles parisinas, ni encuentros con personajes notables, o eventos nostálgicamente recordados en borrosos documentales. Mi geografía es distinta. Tengo las noches felices cuando desde el balcón de la sala, veía relampaguear en silencio sobre el Escambray. Tengo la espera impaciente de la noche del sábado para reunirme con los amigos o alguna novia, los atardeceres iridiscentes sobre el campanario de la antigua escuela de jesuitas, donde en el brazo extendido del Cristo anidaban las manchas oscuras de las auras, y en el balcón de la esquina estaba parado un primo lejano de mi padre, alto y desgarbado como una cigüeña, la baranda del balcón le llegaba apenas a la cintura, y nos saludábamos en silencio con una pequeña inclinación de la cabeza. Tengo aquella tarde cuando esperaba el tren en el puerto de Isabela para regresar al pueblo. Estaba solo en el andén y al otro lado de la línea, entre los manglares, se veía la falsa calma del mar, y grupos de cangrejos grises emergían de sus cuevas a explorar el mundo. Palomas caminaban en la canaleta del techo de la estación, sus diminutas pezuñas tintineando como granos de arroz que caen en una cazuela vacía. Cuando oscureció, una bandada de murciélagos levantó vuelo sobre la desembocadura del río.
Esa noche el tren viajó sin averías, y solo se detuvo dos veces. La primera parada fue frente a una casita de mampostería y cal cerca de la salina. Una mujer gorda, cuyos rasgos no pude distinguir en la casi total oscuridad (pero noté un delantal de tela de saco sobre una bata de casa), esperaba en el portal con un termo en la mano. El maquinista bajó con cansancio del terraplén, le dio un beso a la mujer en la mejilla, y regresó termo en mano. Los pasajeros observábamos, cabezas afuera de las ventanillas, en silencio.
La segunda parada fue ya llegando al pueblo, cuando podíamos ver las luces de la estación, porque había una vaca en la línea. La voz corrió enseguida, y todos ya con medio cuerpo fuera de las ventanillas, vimos el farol vacilante del maquinista que avanzaba sobre las traviesas, vimos el bulto oscuro del animal dormido, y entre gritos de ¡no la espantes maricón! y frecuentes menciones a su madre, vimos al maquinista darle un puntapié con desgano, y vimos al cuadrúpedo erguirse y bajar al trote y desaparecer en la noche. Unos minutos más y los pasajeros, cuchillo en mano (porque siempre aparece un cuchillo en ocasiones como esas) hubieran destazado al animal vivo. La inerte legalidad del maquinista me ahorró un espectáculo espantoso, y creo que fui el único que arribó en silencio y con alivio a la estación.
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