Primera parada: Dijon

El viaje inconcluso

Por Mairi Larroque | Septiembre, 2025


La historia del ferrocarril está llena de episodios memorables, algunos de ellos envueltos en el misterio. Uno de los más singulares es el de Louis Le Prince: la desaparición de un hombre que estaba a punto de presentar un invento destinado a transformar para siempre nuestra forma de ver el mundo.


Dijon

El martes 16 de septiembre de 1890, en horas de la tarde, el artista e inventor francés Louis Le Prince se despidió de su hermano Albert y de sus sobrinos en el andén de la estación de Dijon y abordó un expreso rumbo a París. Nunca llegó a su destino. Allí debía encontrarse con unos amigos para continuar su viaje a Inglaterra. Su plan era hacer una breve parada en Londres, antes de dirigirse a Leeds para recoger sus pertenencias y, finalmente, viajar al puerto de Liverpool, para embarcarse de regreso a Nueva York, donde vivía con su familia desde principios de la década de 1880.

Las investigaciones policiales iniciadas tras su desaparición no hallaron rastro alguno de él ni de su equipaje, y tampoco lograron identificar testigos que lo hubieran visto a bordo del tren o en alguna parte del trayecto. Los únicos testimonios procedían de su hermano y de sus sobrinos, quienes aseguraron verlo partir. Siete años más tarde, en cumplimiento de la ley, las autoridades lo declararon oficialmente muerto, sin haber encontrado el cuerpo ni esclarecido las circunstancias de su desaparición, lo que dejó abiertas una serie de interrogantes que, hasta hoy, siguen sin resolverse.

¿Qué le pasó a Louis Le Prince? ¿En qué punto del trayecto se extravió? ¿O acaso nunca subió al tren? ¿Fue un secuestro, un asesinato, o una fuga deliberada? Lo ocurrido con él sigue siendo un enigma.

Montaje fotográfico que muestra el retrato de Louis Le Prince a la derecha, junto a una vista brumosa y antigua de un andén de estación de tren a la izquierda, simbolizando su último viaje inconcluso.
Louis Le Prince (Francia, 1841-1890)

Le Prince el visionario

Años antes de su desaparición, mientras trabajaba en Nueva York como gerente en la creación de panoramas —instalaciones de gran formato que ofrecían una experiencia inmersiva al espectador—, a Le Prince le surgió la idea de incorporar al espectáculo imágenes en movimientos para aumentar la sensación de realidad.

Con ese objetivo en mente, empezó a indagar en la tecnología de la época, y decidió diseñar un artefacto que le permitiera lograr lo que buscaba. Aplicó en su proyecto su experiencia y formación profesional —estudió óptica y química en la universidad—, y sus sólidos conocimientos en fotografía. Construyó un dispositivo equipado con dieciséis lentes que funcionaba con un mecanismo que, aunque engorroso, le permitió captar las primeras imágenes en movimiento. Fue un logro fantástico, estaba convencido del potencial de su invento, pero aún había mucho trabajo por hacer, así que Le Prince se dedicó a mejorar las numerosas fallas de sincronización que le impedían registrar y reproducir las imágenes con fluidez.

En 1887 regresó a Leeds —la ciudad donde se había casado y vivido antes de mudarse a Nueva York— para seguir desarrollando su idea, seguro de que allí encontraría los recursos y el entorno necesarios para perfeccionarlo. Su esposa Elizabeth “Lizzie” Whitley y sus hijos se quedaron en Nueva York, porque Le Prince planeaba estar en Leeds por un breve período. 

Instaló su taller, comenzó a perfeccionar su invento y tras meses de experimentación, logró construir un nuevo aparato que corregía muchas de las fallas del modelo anterior. La innovación más significativa fue la simplificación del mecanismo: redujo los dieciséis lentes a uno.

En octubre de 1888, para probar su dispositivo, eligió un entorno íntimo y cotidiano: el jardín de la casa de sus suegros en Leeds, donde se celebraba una pequeña reunión familiar. Allí lo colocó y filmó una breve secuencia en la que aparecían su hijo Adolphe, sus suegros Joseph y Sarah Whitley, y una amiga de la familia, Annie Hartley, caminando y girando en círculos.

El resultado fue extraordinario. Aquella fracción de segundos, confirmaba que su invento funcionaba. Esa filmación, recuperada y reconstruida muchos años después, se conocería como Roundhay Garden Scene (Escena del Jardín de Roundhay), la primera película de la historia.

Le Prince dedicó los meses siguientes a optimizar su invento. Continuó experimentando y registrando nuevas escenas, afinando cada componente y perfeccionando el proceso hasta lograr un funcionamiento cada vez más estable. En 1889, convencido de que su dispositivo estaba listo para ser mostrado al mundo, decidió regresar a Nueva York. Fijó su viaje para finales de 1890, mientras afinaba detalles técnicos, atendía asuntos personales y su familia se ocupaba de encontrar el lugar adecuado en Nueva York para mostrar su invento. Todo parecía dispuesto para que inscribiera su nombre en la historia.

En septiembre de 1890, antes de embarcarse a Estados Unidos hizo un breve viaje a Dijon para visitar a su hermano y resolver algunos asuntos familiares relacionados con la herencia de su madre. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: desapareció sin dejar rastro al abordar aquel expreso con destino a París.

De haber presentado su invento en Nueva York, Louis Le Prince habría pasado a la historia como el pionero de las imágenes en movimiento, el verdadero padre del cine. Pero su inesperada ausencia dejó el camino libre para que otros se llevaran los honores: Thomas Alva Edison y los hermanos Louis y Auguste Lumière.

Durante los siete años que siguieron a su desaparición, su familia estuvo legalmente maniatada. Al no existir una declaración oficial de muerte, no pudieron actuar en nombre de Le Prince para defender, y mucho menos dar a conocer, su invención.

Mientras tanto, Edison —célebre tanto por su genio como por su  implacable estrategia de patentes y su capacidad de robar ideas ajenas— registró en 1891 el kinetograph y el kinetoscope. Para 1893 ya comercializaba con éxito sus inventos, presentándose ante el mundo como el pionero en este campo.

El golpe de gracia a la invención del desaparecido Le Prince llegaría desde París. El 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumière presentaron públicamente su cinématographe en el Grand Café. Aquella proyección no solo inauguró la exhibición cinematográfica tal como la conocemos, sino que marcó el inicio de una nueva era tecnológica, de la que Le Prince, su precursor, quedó excluido.

Cuando el cine se encontró con el tren

Tras el éxito arrollador del cinématographe en París, los hermanos Lumière presentaron su invento en Lyon, en enero de 1896. Aquella sesión incluía una filmación destinada a convertirse en un hito fundacional del séptimo arte.

En una única toma, una locomotora emergía desde la profundidad del plano y avanzaba hacia la estación. Con cada segundo, su figura se agigantaba en la pantalla, y justo cuando parecía a punto de desbordarla, los espectadores se sobresaltaron en sus asientos, dominados por el efecto visual que les hizo sentir que aquella máquina se les venía encima. La experiencia era inédita: la imagen en movimiento acababa de desafiar los límites entre la realidad y su representación.

La innovadora puesta en escena —con la cámara en el andén, filmando la llegada del tren en diagonal—, el shock que produjo en la audiencia y la riqueza visual de una toma estática, sentaron las bases para el desarrollo del lenguaje cinematográfico. Aquella pieza pasaría a la historia con el nombre de L’Arrivée d’un train en gare de La Ciotat (La llegada de un tren a la estación de La Ciotat).

El impacto de la filmación trascendió la mera fascinación del público; fue una chispa que encendió la imaginación de futuros cineastas, como la del ilusionista Georges Méliès, que se encontraba entre los asistentes a las primeras proyecciones de los Lumière en París.  Méliès quedó tan impresionado cuando tuvo la oportunidad de ver la llegada del tren en la famosa cinta de los Lumière, que lo incorporó como un potente recurso visual y narrativo en sus propias obras cinematográficas, como Le Voyage à travers l’impossible (Viaje a través de lo imposible, 1904) y Tunnel sous la Manche (El túnel bajo el Canal de la Mancha, 1907).

Por otra parte, L’Arrivée d’un train… estableció, sin proponérselo, una de las asociaciones más poderosas del imaginario moderno: tren y cine. Ambos representaban el espíritu de una época animada por el fervor de los avances tecnológicos, la velocidad y la ilusión de dominar el tiempo y el espacio. El cine capturaba el movimiento; el tren lo encarnaba. El cine abría una ventana a otros mundos; el tren ofrecía viajes hacia nuevas latitudes. Dos de las grandes invenciones del siglo XIX entrecruzaban sus caminos, y el nombre del visionario Louis Le Prince se difuminaba entre ellos.

Paradójicamente, la desaparición de Le Prince tuvo al ferrocarril como su último escenario. Resulta irónico —casi cruel— que, para él, el tren marcara no solo el final de su vida, sino también la imposibilidad de entrar en la historia del cine; mientras que, para los Lumière, la imagen de una locomotora fue la puerta de entrada al reconocimiento universal como pioneros del séptimo arte.

Pintando la velocidad

Décadas antes de que los Lumière inmortalizaran la llegada de un tren a La Ciotat, el pintor inglés J. M. W. Turner ya había anticipado con su pincel lo que ellos lograrían capturar con su cinématographe: una locomotora avanzando frontalmente hacia el espectador.

Su obra Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway (Lluvia, vapor y velocidad: el Gran Ferrocarril del Oeste), presentada en la Royal Academy en 1844, no solo se considera la primera gran representación pictórica de un ferrocarril, sino que también anticipa la fascinación que la velocidad y la máquina ejercerían sobre el imaginario moderno.

En medio de una atmósfera brumosa emerge una locomotora oscura cruzando un puente rojizo. Se trata del nuevo puente de Maidenhead inaugurado unos años antes, en 1839, un logro de la ingeniería de la época. Turner, un admirador confeso del progreso tecnológico, no solo documentaba con su pintura los avances de su tiempo, sino que usaba el tren y el puente como protagonistas de su obra.

La pintura "Lluvia, vapor y velocidad" de J.M.W. Turner, que muestra un tren emergiendo de un paisaje brumoso.
Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway (Lluvia, vapor y velocidad: el Gran Ferrocarril del Oeste), 1844, J. M. W. Turner

Para capturar la sensación de velocidad, el artista pintó un paisaje casi abstracto, tan propio de su estilo, donde los contornos se desdibujan y los detalles son apenas perceptibles. Sobre este fondo etéreo, la máquina se impone como una presencia concreta, creando una tensión visual entre lo tangible y lo atmosférico. La pintó trazando su recorrido en una diagonal desde el centro hacia el borde del lienzo.

La obra maravilló al público de la época. La novedosa perspectiva dotaba a la máquina de una vibrante sensación de movimiento, sugiriendo que su avance frontal podría desbordar el lienzo. Su avance frontal, directo hacia el espectador, impactó a más de uno, quienes sintieron que la locomotora podía salirse del cuadro. Sin duda, hoy parece exagerado, pero cuando Turner exhibió su obra, la industria ferroviaria, iniciada apenas catorce años antes, todavía seguía siendo novedosa y se expandía a un ritmo vertiginoso. 

Con Rain, Steam, and Speed, Turner no solo representó el movimiento de la máquina, sino también su poder para transformar el entorno. El ferrocarril, con sus rieles, puentes y túneles, se abría paso —a veces de forma violenta— a través de la geografía del siglo XIX.

Tanto Turner como los Lumière, cada uno desde su propio lenguaje, supieron capturar la profunda fascinación que el tren ejerció sobre el espíritu decimonónico. No fue un sentimiento unívoco; junto al asombro por el progreso, convivieron el recelo y la inquietud ante el impacto irreversible de la máquina sobre el paisaje y la sociedad.

Catch Me Who Can: el espectáculo que lo inició todo

Antes de convertirse en la gran revolución del transporte terrestre, la locomotora fue una máquina modesta, nacida en el corazón de la industria minera inglesa. Su historia comenzó con el ingeniero británico Richard Trevithick, quien pronto comprendió que su máquina de vapor autopropulsada podía hacer mucho más que arrastrar vagones cargados de carbón. Al igual que ocurriría años más tarde con Louis Le Prince, cuando logró capturar las primeras imágenes en movimiento, Trevithick estaba consciente de que su invento tenía un potencial inmenso y decidió presentarlo en grande ante el público. Escogió Londres como escenario y organizó un espectáculo con un nombre provocador: Catch Me Who Can (Atrápame si puedes). Fue la primera vez que aquella máquina —a la que todavía no se le llamaba locomotora— entró en el imaginario colectivo.

Ilustración antigua de la locomotora de vapor "Catch Me Who Can" de Richard Trevithick, rodando en una estructura circular de madera frente a público en el siglo XIX
Catch Me Who Can (Atrápame si puedes), Londres 1808

Trevithick y Le Prince compartieron una motivación fundamental: dominar el movimiento. Trevithick lo generó, transformando una máquina de vapor estática en un vehículo capaz de desplazarse sobre rieles por sí mismo, sin ayuda de la fuerza animal. Le Prince lo capturó, combinando la fotografía con un mecanismo diseñado para darle vida a las imágenes. Ambos fueron pioneros en sus campos e intuyeron que, para triunfar, no bastaba con haber conseguido un logro maravilloso. Era necesario cautivar al público.

Trevithick, al menos, alcanzó cierto reconocimiento entre sus colegas. Le Prince, en cambio, permaneció prácticamente desconocido para sus contemporáneos, y cuando se desvaneció misteriosamente en un tren —una evolución de aquella primera máquina con la que Trevithick había soñado transformar el transporte—, se truncó la posibilidad de presentar su invento, desarrollarlo y ser recordado como el padre del cine. Su destino se hundió en el misterio y, durante décadas, también en el olvido.

¿Y qué pasó con Catch Me Who Can? ¿Logró atrapar al público londinense? ¿Superó los obstáculos técnicos y económicos de su tiempo?

Las respuestas aguardan en la próxima parada: Londres.


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El desconocido precursor del cine

Con Louis Le Prince empezó todo, Parte I

Pintura de J.M.W. Turner, Lluvia, vapor y velocidad. Una locomotora negra avanza por un puente rojizo.
la primera pintura de un tren

La pintura que se anticipó al cine

Tablero de investigación al estilo detective con fotos antiguas de Louis Le Prince, notas escritas a mano, y cuerdas rojas que conectan las piezas de un misterio, simbolizando el enigma de su desaparición.
Hipótesis de una desaparición

¿Qué le pasó a Louis Le Prince?

Foto en blanco y negro. Detalle de La llegada de Un tren a la Estacion de Ciotat, mostrando a una locomotora de frente
El tren en los inicios del del cine

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Fotografía de una locomotora antigua de frente, en una estación. Tiene una placa que deice Edicòn Nº 1

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